25 de julio de 2014

Lo que rescata "El gran hotel Budapest"

Stefan Zweig
¿Quién es Stefan Zweig? Rara pregunta. Si se opta por el camino sencillo se podría dejar en escritor austriaco, vienés de nacimiento y de vocación; judío por accidente. Si se lee su obra con la misma pasión que exige la escritura arrebatada de El mundo de ayer -sus memorias-, entonces la pregunta puede llegar a incomodar. Zweig no es sólo un intelectual al uso atrapado entre dos guerras mundiales y otras tantas formas de totalitarismo, sino que de su nombre depende todo lo bueno que alguna vez soñó para sí Europa. No se trata sólo de un autor, sino, mucho más ambicioso, de una provocación. Como Arthur Koestler, por ejemplo, su vida y su obra son el testimonio quizá de una promesa, de una idea, de lo que pudo ser y finalmente no fue. Eso, o más grave, la sencilla constatación del más ridículo y tremendo de los fracasos: el nuestro, el de Europa.

Quién sabe si por lo que sucede ahora mismo en el extremo oriental a las orillas del mar Negro de esa Europa pacífica, activa, culta y finalmente imposible por la que peleó Zweig, o quizá por la incapacidad de los europeos de entender en este preciso instante que lo que viene del Sur no es necesariamente una amenaza; el caso es que el autor de Carta de una desconocida se antoja más presente y necesario que nunca. Eso o simplemente una película. El gran hotel Budapest, de Wes Anderson, rescata de forma íntegra su figura y, por decirlo mejor, su espíritu, lo que es más importante. Y todo ello bajo la apariencia inocente, o no tanto, de una comedia detallista, precisa, tal vez perfecta, empeñada en borrar los límites entre la fantasía y la realidad, entre la ensoñación de un tiempo casi borrado por el olvido y la sensación grata y dura de reconocimiento de lo auténticamente real. Contradictorio e irrenunciable.

Cuenta el director de Houston que dar con Zweig significó para él casi una revelación. «Fue un autor con el que di muy tardíamente con la lectura de 'La piedad peligrosa', su única y verdadera novela. La impresión fue aún mayor al descubrir que apenas es ya leído ni en mi país ni creo que en Europa y que sólo desde hace una decena de años ha empezado a tener cierta relevancia en determinados círculos», dice Anderson y acto seguido puntualiza: «La película, en cualquier caso, no se refiere directamente a ninguna de sus obras de forma determinada, pero creo que todo lo esencial de su trabajo está ahí: el argumento no es otro que el crepúsculo de una Europa y de una determinada cultura europea. La que defendió y representó Zweig».

El mundo de la seguridad

Y en efecto, la cinta recrea con el mismo entusiasmo con el que Zweig lo describe «el mundo de la seguridad» que precedió a la Gran Guerra. «Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria», se lee en las memorias del autor, «parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad... Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinado». Y todo ello se aprecia en el rigor de una cinta que se quiere parecer a Zweig en cada detalle. Que son muchos.

Como los propios relatos del austriaco, el último trabajo del director de Viaje a Darjeeling se estructura alrededor de un secreto. Dos personajes se encuentran y en el choque fortuito nace el principio de un cuento, una culpa o un misterio confesado, que cambiará para siempre la vida del que escucha. La importancia del relato no radica tanto en su capacidad para levantar testimonio de un hecho como de sugerir en el que escucha la clave para entender su propia vida. Y eso que vale para uno de los dos protagonistas del cuento o novela, el que atiende, sirve exactamente igual para el lector.

De alguna forma, toda la literatura de Zweig juega a recrear la pulsión original de los mitos compartidos, la cultura, digamos, occidental. Toda su literatura, por moderna, es necesariamente literatura de literatura, cuento de cuento, narración de lo ya narrado. Y ahí coincide tanto un proyecto estético como social y político. Todo el arte europeo (o todo el arte sin más) es necesariamente un terreno compartido; un espacio común para la comprensión (aquí su dimensión utópica) y (llegan las malas noticias) para la fatalidad. Mal que nos pese, todos somos víctimas del mismo destino social como el oficial de 'La piedad peligrosa' que, incapaz de sobreponerse a las convenciones de la sociedad, acaba por ser un héroe para todos y un miserable para sí mismo.


6 de julio de 2014

Franz Kafka

Recordando a Franz Kafka.
El pasado día 3, se celebraron 131 años de su nacimiento.

Sobre la muerte de la novela

El pasado 30 de junio, Miqui Otero escribe el artículo 33 veces en las que se ha anunciado la muerte de la novela en el último siglo. Dice:

A la novela se le ha intentado dar muerte con dagas doradas, ballestas de roble, saetas oxidadas, revólveres Colt 45, balas de plata y patas de cordero congeladas. O, lo que es lo mismo, con la llegada de la prensa de masas, del cine, de la televisión, del DVD, de internet, del libro electrónico y del teléfono móvil inteligente. Y aun así, la novela, por ser un macrogénero híbrido y eminentemente mutante, es como el muerto-vivo de la canción de Peret, que siempre reaparece dando palmas; parece resistirse y flota como un corcho que intentan ahogar una y otra vez (aunque habrá quien diga que los cadáveres también flotan).

Robert Clark Young escribió en su ensayo La muerte de la muerte de la novela que “como el Sueño Americano, la muerte de la novela debe ser anunciada por cada nueva generación”. Y así ha sido. Entonces, ¿por qué no plantear una cronología que repase más de 30 veces en los que algunos (la gran mayoría muy célebres) la dieron por aniquilada? He aquí las citas de tanta muerte anunciada.

1902. Julio Verne: “Las novelas serán suplantadas por los diarios… Los escritores de prensa han aprendido a colorear los acontecimientos cotidianos tan bien que su lectura entregará a la posteridad una imagen más veraz y vívida que la de la novela histórica o descriptiva”.

1925. José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela. "Casi todo está en ruinas… La pintura está en ruinas –sus vergüenzas son el cubismo–; las obras de Picasso parecen una casa demolida o una esquina del Rastro. La música está en ruinas –la obra de Stravinsky de estos últimos años ejemplifica el detritus musical (…) Un novelista, por ejemplo, que me dice que un personaje es melancólico me obliga a imaginar a una persona melancólica, pero debería mostrarme y descubrirme (con sus actos) que es melancólica sin decírmelo”.

1930. Walter Benjamin, en Crisis de la novela. “Uno puede hacer un viaje por el mar y surcarlo sin ninguna tierra a la vista, tan solo mar y cielo. El novelista hace esto. Él es el realmente el ser solitario. El pueblo descansa tras el trabajo diario; escucha, sueña y adquiere experiencias. El novelista se ha separado del pueblo”.

1950. Norman Mailer. “Cualquiera que siga escribiendo novelas en 1950 es tonto”.

1958. Ludwig Marcuse. “La unidad del mundo, la sociedad y el individuo se ha roto. El universo se ha convertido en un multiuniverso. La Nueva Novela debe ser no tridimensional, sino multidimensional”.

1965. Frank Kermode en New York Review of Books. “El destino de la novela, considerada como género, es estar muriéndose permanentemente: y la principal razón para ello es que los novelistas y lectores más inteligentes son conscientes del vacío, el vacío del absurdo, que crece entre el mundo tal y como parece ser y el mundo propuesto en las novelas”.

1980. Leslie A. Fielder. “Nuestros grandes novelistas, a pesar de ser especialistas en la indignidad y la violencia, en la soledad y el terror, tienden a evitar el retrato del encuentro apasionado de un hombre y una mujer, que el resto esperaríamos que estuviera en el centro de toda novela”.

2009. Philip Roth. “El libro no puede competir con la pantalla. Es algo que Kindle no va a cambiar. No pudo competir con la pantalla de cine. No pudo competir con la pantalla de televisión, y no puede competir con la pantalla del ordenador (…) La novela es un animal moribundo”.

2014. Will Self. “¿Cómo creen que me siento después de haber dedicado toda mi vida adulta a una forma de arte sólo para verla ahora desangrarse mortalmente ante mis ojos? (…) La novela literaria como obra de arte y el arte de narrar como pieza central de nuestra cultura se está muriendo delante de nuestros ojos”.

Solo transcribo una parte del texto, se puede leer completo en El País.

11 de junio de 2014

Reglas no escritas...

En el ensayo Status anxiety, un estudio muy esclarecedor sobre las reglas no escritas del trato social, Alain de Botton reproduce una caricatura de la revista Punch que ilustra la cruel paradoja del esnob autodestructivo:

–Allá van las Spicer Wilcox, mamá –exclama una hija a su madre caminando por Hyde Park. Supe que se mueren por conocernos. ¿No deberíamos de llamarlas?

–Por supuesto que no –replica la madre. Si se mueren por conocernos no son dignas de nuestra amistad. La única gente digna de nuestro interés es la que no quiere conocernos.

De: Cómo fracasar en sociedad.

9 de mayo de 2014

El valor de preguntar, Juan Villoro

El valor de preguntar
Juan Villoro

Comparadas con las Leyes de Reforma, las iniciativas de Peña Nieto no sólo desmerecen en grandeza de miras, sino que revelan uno de nuestros mayores rezagos: la incapacidad de usar el lenguaje.

Vivimos en un mundo al revés donde un corrector de estilo recibe un sueldo anual inferior al aguinaldo de un diputado. En tiempos de Juárez, quienes defendían las leyes en el Congreso eran escritores de la talla de Guillermo Prieto e Ignacio Manuel Altamirano. Hoy las leyes se escriben para no ser entendidas. ¿Qué puede decir no sólo el ciudadano común sino una persona culta ante conceptos como "must carry", "must offer" y "preponderantes", que enrarecen el debate sobre telecomunicaciones?

La significativa reforma constitucional de los medios se redujo en forma lamentable en la Presidencia. La iniciativa que Peña Nieto devolvió a los senadores elimina el carácter social, cultural y comunitario de la reforma, favorece a los grandes consorcios televisivos, perjudica a la producción independiente, restringe la participación ciudadana y traslada facultades decisivas de un órgano autónomo (el Ifetel) a la Secretaría de Gobernación. Esto atenta contra el derecho a la información. La gran paradoja es que se habla de comunicación en lenguaje cifrado. Así se oculta el daño a una nación de televidentes.

Hace unos días Alfonso Cuarón utilizó su prestigio y sus recursos mediáticos para hacer un cuestionamiento muy razonable sobre la reforma energética. Sus preguntas están en la mente de muchos ciudadanos. Esto se debe a que las reformas son voluntariamente incomprensibles y a que la publicidad oficial al respecto contribuye a la desinformación. En spots que ofenden a la inteligencia y desconocen la igualdad de género, un hombre alecciona a una mujer, anunciándole que con la reforma energética bajará el costo de la luz. Al final una voz pide a la ciudadanía que se informe. En vez de ofrecer datos, la propaganda sugiere que si alguien se opone a la reforma lo hace por ignorancia.

Gracias a las preguntas de Cuarón nos enteramos de que tal vez la luz baje en 2018. En lo que eso llega, ya volvió a subir. Ya sabemos lo que significa la palabra "infórmate".

La incapacidad de aclarar y debatir confirma que nuestra política sigue mereciendo el nombre de "la tenebra", donde la principal zona de negociación es "lo oscurito". Tratar de saber qué pasa puede ser visto como un pecado ciudadano. A propósito del cuestionario de Cuarón, Arturo Escobar, coordinador de diputados del PVEM, dijo: "Si viviera en México, se daría cuenta que todas sus preguntas se respondieron en el debate que se dio en el Congreso". Escobar descalifica a un mexicano por no vivir en su país, alarde patriotero que recuerda tristemente al nacionalsocialismo. Se puede vivir en China y saber lo que pasa aquí. Por lo demás, quienes vivimos en el país difícilmente entendemos lo que dicen los diputados (para colmo, la reforma energética se aprobó en fast track el día de la Virgen de Guadalupe).

Hay otras preguntas, no planteadas por Cuarón. La política energética dependerá de una Comisión de Hidrocarburos y del Consejo de Administración de Pemex. ¿Cómo se escogerá a esas personas? Lozoya dijo en entrevistas que serán expertos de reconocida independencia. Eso suena muy bien, pero es una valoración subjetiva. Para ser profesor titular C en la UNAM hay que tener doctorado, obra publicada, experiencia docente, participación en congresos; en suma: cumplir con requisitos objetivos. ¿Quiénes serán los superhéroes capaces de resistir las tentaciones multimillonarias de las compañías petroleras, con sabiduría técnica para decidir la explotación e inquebrantable integridad?

El margen de ganancia de las transnacionales dependerá de la dificultad de la explotación en aguas profundas y de la inversión y el tiempo necesarios para hacerla. No hay claridad sobre el grado de participación de Pemex (en este caso sinónimo del país).

La primera víctima de las reformas ha sido el lenguaje. Estamos como en el espacio exterior: nadie oye nuestro grito. La trama de Gravity puede ser vista como una metáfora de la realidad nacional: vamos en una nave a la deriva, donde urge una respuesta orientadora.

En medio del sinsentido, una vieja costumbre cultural adquiere el valor de la rebeldía: hacer preguntas.

(Diario Reforma).

5 de mayo de 2014

Sobre el relato


“Un relato no se interpreta: se vuelve a narrar. Podríamos entender también la tradición cultural como un sistema de narraciones que se replican, que se anulan, que se critican, que se vuelven a replegar. Los relatos no cierran el sentido sino que dan a pensar”, Ricardo Piglia.