3 de abril de 2016

Imre Kertész, testimonio del mal absoluto

En Sin destino, Imre Kertész describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.
 
Imre Kertész: el Nobel que logró dar testimonio del mal absoluto

El premio Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész, superviviente de Auschwitz, murió ayer, a los 86 años, en su ciudad natal, Budapest. Su obra, sobre todo su novela Sin destino (Acantilado), que tardó 13 años en escribir y publicó en 1975, ofrece desde el punto de vista literario y testimonial una ventana única para observar el acontecimiento que define el siglo XX: el Holocausto.

Kertész era un muchacho de 15 años cuando fue deportado, en 1944, por la policía húngara al campo de exterminio alemán de Auschwitz, en Polonia. Cuando regresó a Hungría, halló el departamento de sus padres ocupado por extraños y se dio cuenta de que estaba totalmente solo, que toda su familia había sido engullida por la máquina de asesinar nazi.

Esa sensación de soledad ante el horror se encuentra en el corazón de la obra de Kertész, que recibió el premio Nobel de Literatura en 2002. Fiasco, Kaddish para un hijo no nacido, Liquidación o sus diarios, La última posada, cuya publicación tiene prevista en breve Acantilado, forman una obra no demasiado abundante, pero cuya intensidad, sabiduría y lucidez la convierten en uno de los monumentos literarios del siglo XX.

Kertész arrastra al lector a los recovecos del sistema de exterminio nazi sin usar apenas adjetivos, con unas descripciones precisas que se quedan grabadas en la memoria. Sus textos atrapan por su belleza literaria y por el espeluznante mundo que describen, por la forma en que nos obligan a reflexionar sobre el mal absoluto.

Kertész, que padecía Parkinson y había anunciado que dejaba la literatura, había regresado a Hungría en 2013, tras vivir durante años en Alemania, y se mostraba tremendamente crítico de la deriva autoritaria que padece su país con el gobierno de Viktor Orban. "Allí campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha", dijo en una entrevista con este diario hecha por Adan Kovacsics, uno de sus traductores al castellano.

En aquella entrevista, de 2013, hablaba de un acontecimiento trascendental que ha marcado el final de su vida: la desaparición de los testigos, la conciencia de que su voz es una de las últimas que podrán contar en primera persona el Holocausto.

El escritor, como Elie Wiesel, otro judío húngaro deportado a Auschwitz, premio Nobel de la Paz, o Primo Levi, el químico italiano que sobrevivió a los campos y que acabó suicidándose, era consciente de que la importancia de su literatura iba más allá de las palabras, que debía ocupar un rol esencial en la sociedad.

La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos, había señalado.

Sin destino, su obra magna, relata su vida con la estrella amarilla en el pecho en Budapest, su deportación a Auschwitz, el campo de trabajo y de exterminio en el que fueron asesinadas unas 1,1 millones de personas, su supervivencia a las marchas de la muerte tras el cierre del campo ante el avance soviético, su traslado a Buchenwald y su regreso a Hungría, donde se enfrentaría a un nuevo horror: la dictadura estalinista.

Cerca de la mitad de los judíos enviados a Auschwitz eran húngaros, unos 450.000, lo que demuestra la demencia asesina del régimen de Hitler, porque muchas de estas deportaciones se produjeron en 1944, con la guerra ya perdida. Ése es el escenario del horror industrial en el que transcurre el film El hijo de Saúl, que ganó este año el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y que está influido por la obra de Kertész.

En una de las últimas entrevistas que concedió, publicada en Le Monde en enero de 2015, explicaba que el momento crucial, en el que todo se decidía, eran "los primeros 20 minutos de la llegada al campo". Por eso, en Sin destino describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.

Su obra va más allá de la esperanza. Es un inmenso relato de la capacidad de supervivencia de los seres humanos, de la recomposición de la moralidad basada en la conciencia de que cualquier horror es posible. En Sin destino escribe: Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es, la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital.

Fuente | Guillermo Altares, La Nación, 1 de abril de 2016.

1 de abril de 2016

Sobre la estupidez, Robert Musil

En Sobre la estupidez, dice el escritor austriaco Robert Musil: “Si la estupidez no tuviera algún parecido que le permitiese pasar por talento, progreso, esperanza o perfeccionamiento, nadie querría ser tonto”.

31 de marzo de 2016

Imre Kertész

 
 
Falleció hoy mi admirado y queridísimo escritor, Imre Kertész. Nobel de literatura 2002. Excelente y maravilloso, nos deja su extraordinaria obra.

Descanse en paz. Qué tristeza...

"El próximo 6 de abril, la editorial Acantilado publicará La última posada , el libro póstumo de Imre Kertész , todo un testamento literario que él mismo definió como “la culminación de mi obra”. Claramente autobiográfico, en este texto vemos cómo un escritor enfermo de cáncer decide escribir un testimonio de sus experiencias, por perturbadoras que estas puedan resultar. Aplicando el mismo método con el que diseccionó antes la cotidianeidad de los campos de concentración nazis, aquí narra su declive físico al tiempo que diversos detalles de sus últimos días. Se refiere a su esposa Magda como M o Magdi, y le atribuye a ella la decisión de regresar a morir a Hungría, esa ciénaga intelectual”.

Tres fragmentos inéditos de la obra:

Fragmento 1

Hoy, en la revisión, le han encontrado a M. una alteración de los ganglios en la axila. Para ambos es demasiado pronto para morir. Algo, sin embargo, me sugiere que dentro de poco tendremos que decidirnos. De hecho, estoy preparado para la muerte, aunque siento dejar mi trabajo inacabado. Por otra parte, la irreflexión con que hablo sobre la muerte… ¿Es serio o no es serio? Creo que es más serio de lo que pensamos, y creo que es menos serio de lo que pensamos. El sufrimiento… Sólo el sufrimiento es cosa seria. Temo que Magdi sufra, y solamente puedo aliviar su sufrimiento sufriendo con ella, por lo que será un doble sufrimiento, para ella y para mí. Todo es más fácil para aquel que no ama.

La terrible realidad ha confirmado la terrible realidad. A Magdi le han encontrado metástasis en los ganglios linfáticos. Le esperan cosas terribles, y también a mí. Pero hemos decidido aguantar. Existe una frontera que no merece la pena traspasar; sin embargo, no hemos llegado aún a ese punto. Dice M. que todavía no ha podido asumirlo; pero es que aquí no hay nada que asumir. Recuerdo mi conversación con el biólogo celular. El biólogo me explicó con mirada encendida el funcionamiento de las células en el organismo humano. Estas células existen y actúan de forma completamente independiente, según sus propias leyes o—si se quiere—sus propios caprichos. Se juntan y se separan, provocan o sufren mutaciones, etcétera. Y cuando observé que eso era terrible, el biólogo celular me miró asombrado. ¿Por qué?, preguntó. La enfermedad no tiene nada que ver con nuestras concepciones; la enfermedad, de hecho, no tiene nada que ver con nosotros, a lo sumo nos mata. No tiene nada que ver con la moral, nada que ver con nuestros actos, no guarda ninguna relación con nuestras virtudes o nuestros pecados. Las células son ciegas y nos gobiernan de una manera absurda. Por eso la vida no es un asunto demasiado serio. Le damos una importancia mucho más grande que la que le corresponde en la realidad. En la realidad, una vida humana equivale a cero. Es un ejemplar de la especie ni siquiera digno de mención. Sólo a nosotros nos duele esa vida humana, sea porque amamos, sea porque da la casualidad de que es la nuestra.

Analizar seriamente por qué me aferro tanto a la vida (teniendo en cuenta en particular la vejez que me espera, la degradación, la miseria física que humilla profundamente y lo despoja a uno de toda autonomía, de toda la dignidad que le queda).

Sé que con el día de ayer concluyó la parte más bella de mi vida. ¿Y qué fue esa parte más bella, sin considerar lo más bello, la creación? Ya no recorreremos la Provenza en coche; ya no viviremos despreocupados y liberados. En nuestros cuerpos y en nuestras almas, las huellas de las operaciones, del delirante deseo de muerte de nuestra existencia física; los fundamentos de nuestra confianza en la vida se han tambaleado. Nos amenaza el horror de la decadencia física, nos volvemos más feos, más débiles, nos deslizamos hacia fuera del mundo. Se adueña de mí la autocompasión cuando pienso que he pasado gran parte de mi existencia en la dictadura maligna de un país maligno y provinciano, mientras en la otra mitad de Europa, la mejor, florecía la buena vida, el bienestar y el brillo de cuarenta años felices y libres de responsabilidad, con sus posibilidades únicas. Ahora que los rusos le han endilgado la Europa del Este, allí también han empezado los problemas. Esto se llama responsabilidad política, que durante cuarenta años no han tenido que asumir. Quien ha vivido esos cuarenta años en Europa occidental ha podido experimentar algo nuevo, algo en que, sin embargo, todavía se percibía la fragancia del Ancien Régime, de su estabilidad, de su cultura, de su europeísmo.

Fragmento 2

Conversaciones mortales con M. A la luz de esas conversaciones, se ve claramente mi absurda situación, y también la de ella. Por mi trabajo di la espalda al país en el que no se me valoraba en absoluto, en el que no tenía un sitio, en el que desde el primer instante viví bajo la sombra de una sentencia de muerte. Recibí el Premio Gordo Mundial de Literatura, conseguí la libertad y la posibilidad de vivir en la civilización occidental… Ahora M., por su familia y porque no se siente a gusto en este país, hace todo lo posible por que vuelva a la ciénaga intelectual, a nuestro piso situado a pocos pasos de la familia, y eso que uno de los orgullos de mi vida consiste en haber evitado la corrupción que también recibe el nombre de familia. Podría ser el abuelo de cuatro niños, un señor de barba blanca que apacienta a los nietos en los parques infantiles… He conseguido evitar ese destino y ahora me quieren arrastrar ahí. Por otra parte, sin embargo, también hay que comprender a M., claro está…

Fragmento 3

Todo es impreciso. Nada ocurre «exactamente». Nuestra vida es una descripción imprecisa. Escribir una y otra vez. (Reescribir una y otra vez). La curiosa relación de Musil con los gatos. Lo cierto es que desde el accidente me cuesta arreglármelas con el ordenador. Otra cosa: unos gastos enormes. Nadie me tiene ninguna consideración, nadie me dice que debo pensar en guardar ciertas reservas para el final… Eso sí, se plantea la pregunta de quién se «encargará» de mis obras después de mi muerte: habría que crear una «curaduría», dice M. ¿Quiénes habrán de ser los miembros de esa «curaduría»? Ya lo hablaremos después de mi muerte, dije (o, mejor dicho, no lo dije).
 
Fuente | La vanguardia
31.111.2016

13 de febrero de 2016

La tenacidad de la mosca, Enrique Serna

Sobre Fernando del Paso.

La tenacidad de la mosca
Enrique Serna

Así como la arquitectura sería un arte inútil sin el auxilio de la albañilería, la imaginación de un escritor alcanza su vuelo más alto cuando la magia de la intuición se complementa con el rigor y la disciplina. Los talentos malogrados por lo general tienen más intuición que perseverancia y si acaso conciben obras de largo aliento, las abandonan por abulia o desánimo. Enemigo del esfuerzo intelectual, Renato Leduc se ufanó de pertenecer a la aristocrática subespecie de los genios apoltronados: “No haremos obra perdurable. No tenemos de la mosca la voluntad tenaz”, escribió en un poema de juventud. Aunque menospreciaba la disciplina por su carácter mecánico y rutinario, paradójicamente le concedió más valor del que tiene. Un escritor disciplinado está a salvo de malograr sus buenas ideas, pero la disciplina por sí sola no puede crear nada perdurable. La plaga más funesta del mundo literario, la de los escritores macheteros y testarudos a quienes las musas jamás han visitado, y sin embargo publican una novela al año, no existiría si una saludable hueva o un prudente respeto a los caprichos de la intuición los disuadiera de escribir libros inocuos a marchas forzadas.

Sin la tenacidad de la mosca, para decirlo en los despectivos términos de Leduc, no existirían La divina comedia, El Quijote o En busca del tiempo perdido, de manera que sería injusto menospreciar esa necesaria virtud. Creo, sin embargo, que en la actualidad la crítica académica tiende a sobrevalorar la disciplina, como si bastara con ella para suplir los hallazgos de la intuición. Cuando un esfuerzo intelectual es demasiado evidente, hasta cierto punto fracasa en su cometido, pues el arte literario más arduo consiste en aparentar espontaneidad y facilidad. Probablemente Fernando del Paso sea el novelista más esforzado y voluntarioso de la narrativa contemporánea en lengua española, pues en novelas totalizadoras como José Trigo y Palinuro de México se impuso la hercúlea misión de escalar en zancos el monte Everest. Si la literatura consistiera en implantar marcas mundiales descabelladas y estúpidas como las que figuran en el libro de récords Guiness, Del Paso sería la máxima figura de las letras universales. Si tenemos, por el contrario, un gusto literario más hedonista, y valoramos el placer que una novela nos proporciona por encima de las dificultades que su autor se echó encima (o nos echó encima por no haberlas resuelto), probablemente su enorme tenacidad nos causará un tremendo fastidio, como acaba de ocurrirme en una lectura inconclusa de José Trigo, su primer prodigio de albañilería pura.

Nunca nadie ha compilado un mayor despliegue de erudición mexicanista. Se necesita, sin duda, un esfuerzo titánico para introducir en cada párrafo seis o siete arcaísmos o neologismos que ningún lector culto conoce. Los doctores en letras que escriben tesis sobre este magnífico ejemplo de literatura Guiness deben gozar hasta el paroxismo cada vez que Del Paso los remite al diccionario de mexicanismos o los reta a descifrar un mot- valise metido con calzador. Pero en las primeras cien páginas del colosal armatoste (hasta ahí llegó mi masoquismo) no pude encontrar un solo chispazo de verdadera poesía, una frase memorable, un conato de fabulación o una aguda observación del carácter: sólo artificios retóricos tan caducos y fallidos como la pedantesca preceptiva estructuralista a la que Del Paso rindió pleitesía en los años 60 y 70 (la retórica engañabobos ha tenido dos edades de oro: la primera en la Roma de los césares, la segunda en Francia durante esas décadas). Cuando la disciplina predomina en forma tan aplastante sobre la intuición, la lectura se convierte en algo parecido al levantamiento de pesas. Talento indisciplinado, Renato Leduc daba para más de lo que escribió. Dejó algunos poemas memorables, pero cometió el error de menospreciar la disciplina. En las antípodas de esa lamentable indolencia, Fernando del Paso nos ha entregado una excelente novela histórica, Noticias del imperio, y varios récords mundiales de voluntad férrea.

Domingo, El Universal
4.2.2016

6 de febrero de 2016

Ruben Darío

Que el amor no admite cuerdas reflexiones

Señora, Amor es violento,
y cuando nos transfigura
nos enciende el pensamiento
la locura.

No pidas paz a mis brazos
que a los tuyos tienen presos:
son de guerra mis abrazos
y son de incendio mis besos;
y sería vano intento
el tornar mi mente obscura
si me enciende el pensamiento
la locura.

Clara está la mente mía
de llamas de amor, señora,
como la tienda del día
o el palacio de la aurora.
Y el perfume de tu ungüento
te persigue mi ventura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Mi gozo tu paladar
rico panal conceptúa,
como en el santo Cantar:
Mel et lac sub lingua tua.
La delicia de tu aliento
en tan fino vaso apura,
y me enciende el pensamiento
la locura.