25 de abril de 2017

Juan García Ponce

El próximo viernes 28 de abril, es la inauguración de la exposición "El placer de la mirada de Juan García Ponce", la cual recopila a través de objetos personales, fotografías, libros y material multimedia la vida del autor que tomó parte en la redefinición del arte en México durante la segunda mitad del siglo XX. Entrada libre.

¡Hay que asistir!

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22 de abril de 2017

Nabokov y su Lolita

16 de abril de 2017

El síndrome de Procusto

Los procustos en tu día a día

Para reconocer mejor la figura del Procusto a tu alrededor deberás tener en cuenta que los habrá que ejerzan su visión de forma consciente, pero también quienes ni siquiera sepan lo que están haciendo.

Inconscientes de sus actos:

Les afecta emocionalmente cuando otra persona tiene razón y ellos no. Creen que son empáticos pero, en realidad, juzgan desde su egocentrismo las reacciones de otros. Suelen hablar de trabajo en equipo, escucha, tolerancia, intercambio de idea… pero siempre como argumentos para ser escuchados, no para escuchar.

Conscientes de sus actos:

Tienen miedo de conocer a personas a las que les va bien, son proactivas, tienes más conocimientos, capacidades o iniciativas que ellos. Si lo encuentran, les invade una sensación de desconfianza y malestar. Enfocan sus energías en limitar las capacidades, creatividad e iniciativa de otros para que no queden en evidencia sus propias carencias. Son capaces de modificar su posicionamiento inicial si, con ello, deslegitiman al otro. Suelen buscar la complicidad de otros para, entre todos, acabar con aquel que destaque más que ellos.

La incapacidad para reconocer como válidas ideas de otros, el miedo a ser superado profesional o personalmente por otros, la envidia… todo ello nos puede llevar a eludir responsabilidades, tomar malas decisiones y frenar las iniciativas, aportaciones e ideas de aquellos que pueden dejarnos en evidencia.

Hablamos del síndrome de Procusto, un nombre de origen mitológico que retrata una figura que suele observarse en todo tipo de contextos y resulta nefasta para cualquier organización o sociedad. La propia definición del síndrome de Procusto ya deja claras sus negativas consecuencias: “lo padecen aquellos que cortan la cabeza o los pies de quien sobresale”.

¿Dónde nace este mito?

En la mitología griega, Procusto era un posadero que tenía su negocio en las colinas de Ática. Procusto tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, procedía a serrar las partes del cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza. Si, por el contrario, era de menor longitud que la cama, lo descoyuntaba a martillazos hasta estirarlo. Según otras versiones, nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque Procusto poseía dos, una exageradamente larga y otra exageradamente corta, o bien una de longitud ajustable.

Procusto continuó con su reinado de terror hasta que se encontró con el héroe Teseo, quien invirtió el juego y retó a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama. Cuando el posadero se hubo tumbado, Teseo lo amordazó y ató a la cama y, allí, lo torturó para “ajustarlo” como él hacía a los viajeros. Le cortó a hachazos los pies y, finalmente, la cabeza. Matar a Procusto fue la última aventura de Teseo en su viaje desde Trecén hasta Atenas.

El significado del lecho de Procusto

La literatura universal ha utilizado frecuentemente esta figura desde la antigua Grecia y muy pronto se aplicó a diferentes entornos como la familia, sociedad, la empresa o la política. Básicamente, Procusto se ha convertido sinónimo de uniformidad y su síndrome define la intolerancia a la diferencia. Así, cuando alguien quiere que todo se ajuste a lo que dice o piensa, lo que quiere es que todos se acuesten en el “lecho de Procusto”. También aquellos que cogen tus sueños y los adaptan a sus limitaciones mentales para decirte que no se puede, que eres un iluso y que nunca alcanzarás lo que te propones.

Aquí la fuente y un video (a la mitad de la página): Síndrome de Procusto.

9 de abril de 2017

María Luisa Bombal

María Luisa Bombal: un mito entre la niebla
Marco Antonio Campos


La obra completa de María Luisa Bombal (Viña del Mar, 1910-Santiago, 1980) se reduce, si nos atenemos a lo que publicó en dos tomos en 2005 la editorial chilena Zigzag1, a dos novelas cortas (La última niebla, 1935, y La amortajada, 1938); cinco cuentos (“El árbol”, “Las islas nuevas”, “Lo secreto”, “Trenzas” y “La historia de María Griselda”); tres crónicas o divagaciones poéticas (“Mar, cielo y tierra”, “Washington, la ciudad de las ardillas” y “La maja y el ruiseñor”), que tienen bellos momentos al describir la naturaleza y donde inserta –textos dentro del texto– brevísimos cuentos infantiles; una entusiasta reseña sobre Puerta cerrada (1939)2, filme del argentino Luis Saslavsky; el relato de una visita a la casa y un paseo en coche por la ciudad con Sherwood Anderson, en los cuales se le revela, entre ingenua y asombrada, la sencillez inteligente del narrador estadunidense;3 el agradecido discurso con el que recibió en 1977 el Premio de la Academia de la Lengua Chilena y un testimonio autobiográfico que dictó a la propia Lucía Guerra y a Martín Cerda4… De todo, lo esencial, lo que le ha dado una justa fama, son sus novelas y cuentos. Si vemos las fechas de su publicación no deja de causarnos asombro. Salvo “La historia de María Griselda”, editada en 1946, y que es un desprendimiento de La amortajada, sus ficciones van de 1935 a 1940, es decir, su mejor período de creación duró apenas un lustro: de los veinticinco a los treinta años. Una excepcional precocidad que desafortunadamente no conoció mayor continuidad creativa.

Según la propia María Luisa Bombal, escribía en francés, en español y en inglés. De lo primero, que yo sepa, no queda nada y de lo último escribió una novela, House of Mist, la cual le ayudó a redactar y a corregir su segundo marido, el francés-estadunidense Fal de Saint-Phalle. De House of Mist dijo varias veces que partió de su primera novela (La última niebla), pero que no se le parece en nada.

En su testimonio biográfico habla de sus lecturas de infancia y adolescencia: Knut Hamsun5 y Selma Lagerlöf, los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm, Hans Christian Andersen6, María, de Jorge Isaacs (7) y libros de autores franceses como Pascal, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Valéry y Mauriac, y alguien del que se sintió especialmente próxima, Prosper Merimée(8), sobre quien hizo la tesis de licenciatura. Para escribir La última niebla –lo dijo en entrevistas– fue muy importante la lectura de las Residencias nerudianas. A la muerte de su padre, la familia se fue en 1923 a París, y María Luisa estudió primero en un colegio de monjas y luego la licenciatura en Letras en la Sorbona. Aunque también los cultivó, fue consciente de que su camino no estaba en la música ni en el teatro.9

A su regreso a Chile, en 1931, tuvo un amor breve y tempestuoso con Eulogio Sánchez Errázuriz (1903-1956), una leyenda de la aviación chilena, por quien intentó suicidarse. Le quedó como secuela una cicatriz en el cuello. A partir de 1933, luego del affaire funesto, residió en Buenos Aires, donde fue al principio huésped del cónsul Pablo Neruda y se casó en 1934 con el pintor Jorge Larco. El matrimonio resultó un desastre. Fueron sus grandes años literarios en una inolvidable década literaria en Argentina. Publicó en Buenos Aires sus dos novelas y tres de sus cuentos, colaboró en la famosa revista Sur y conoció o trató, entre muchos, a Borges, a García Lorca, a Oliverio Girondo, a Norah Lange, a Victoria Ocampo y a los filólogos Pedro Henríquez Ureña, Amado Alonso y Raimundo Lida10. Después de la literatura el cine fue su pasión artística. Ideó el argumento del filme La casa del recuerdo (1940), de Luis Saslavsky, historia melodramática de un triángulo desdichado que sucede en el Buenos Aires de fines del siglo xix, en el cual a la protagonista (Libertad Lamarque) no dejan de hostigarla desde muy joven la locura y la muerte11. Una de las claves del filme, que se relaciona con la muerte, es una página fúnebre de las Rimas, de Bécquer. Otra clave, que tiene que ver con la locura, es el repique de las campanas que cree escuchar la protagonista, y que muy probablemente tengan que ver con las que oía la autora chilena en el colegio de monjas en su infancia viñamarina.

En 1941 regresa a Chile. El 21 de enero, frente al Hotel Crillón12, en calle de las Agustinas, dispara tres veces contra su examante Eulogio Ferrer, quien no quiso levantar cargos. En 1942 parte a Estados Unidos, donde vivirá veintinueve años. En 1944 se casa con Fal Saint-Phalle, con quien tuvo a Brígida, su única hija. Vuelve a Chile por breves períodos en 1961 y 1967 con el objetivo primordial de promover sus libros. Poco antes, en 1960, había publicado unas páginas de recuerdos de la infancia inolvidable en Viña del Mar (“La maja y el ruiseñor”), donde con viva nostalgia recuerda del balneario el silencio inquietante, los aromas esparcidos, la llovizna menuda, los paseos con los niños, el mar desde las peñas y el mar de noche desde su casa –ese mar que en verano era “el corazón mismo de Viña”–, los rezos y el tañido de las campanas, las novelas rosas que leía con sus hermanas, sobre todo una vez... (13)

El frágil equilibrio

Según declaró en su testimonio biográfico, empezó escribiendo poesía, pero sus poemas en verso, si los hubo, no los recopiló o no tengo noticias de ello. Su poesía, su verdadera poesía, está en sus ficciones, donde creó un mundo muy personal: ritmos variados, atmósferas que ahondan lenta y tenazmente en el alma una leve tristeza, silencios que parecen detenerse, lejanos ruidos, rumores, murmullos, chasquidos, crujidos, fustazos, resonancias, silbidos… Lo esencial en la narrativa de la entonces muy joven María Luisa está especialmente en la interiorización de pensamientos y sentimientos de sus personajes; cuando ocurre un hecho o una acción fuera de orden, el frágil equilibrio estalla y puede haber en hombres o mujeres un punto de inflexión o un punto de quiebre, que las más de las veces es para mal.

En las novelas y cuentos de Bombal no sabemos casi nunca en qué países o regiones ocurren, pero el lector siempre piensa en Chile14, y aún más en el sur boscoso, en las Regiones de los Ríos y los Lagos15. Los hechos ocurren casi siempre en haciendas o fundos, es decir, se trata de familias del agro adineradas, tal vez medianos terratenientes. A veces entre miembros de fundos colindantes nacen amoríos y matrimonios, aun entre primos, como en La última niebla (Daniel y la protagonista principal de la que no sabemos nunca el nombre) y en La amortajada (Ana María y Ricardo). No hay conflictos sociales con la servidumbre o los peones; los pleitos soterrados y sordos son entre miembros de las familias bien. En esos sitios remotos se vive en solitarias casas, próximas al bosque húmedo, a ríos, a lagos y a la serranía, y en donde cae a menudo una obstinada lluvia y se espesa una obsesiva niebla… Por eso, en esas grandes soledades, son más perceptibles en sus narraciones las imágenes auditivas. Todo parece oírse.

A veces sustancialmente los años modifican a los lectores y las lecturas. Eso pasa con las ficciones de María Luisa Bombal. Es imposible disociarlas de la condición de la mujer chilena, o más, latinoamericana, en los años treinta del pasado siglo, cuando eran consideradas a menudo como figuras decorativas, y las rebeldías o indocilidades se acababan apagando o (se) las apagaban. Mujeres extrañas, con un leve toque de locura y signadas en la frente con una turbia estrella, que acaban marchitándose en una rutina diaria de extrema futilidad. En esa “intimidad melancólica”, es una decisión mucho más fácil la espera de la vejez y de la muerte que la fuga o la aventura, es decir, detrás de eso sólo hay en ellas una palabra: miedo: miedo a ser libres y no saber qué hacer con la libertad. Son mundos solitariamente sombríos, cerradamente familiares, en que la personalidad se debilita o se pierde. Los años se nublan en la monotonía. Cuando alguna rompe con las costumbres quietas, como la Regina de La última niebla, a quien acaba descubriéndosele un adulterio, la joven no encuentra mejor camino contra el aplastamiento social y familiar que el suicidio.16

De alguna manera casi todas las mujeres de sus ficciones acaban reconociéndose en una. Varias tienen profusas cabelleras negras, cuerpos esbeltos, senos pequeños y duros... Cuerpos livianos que pueden semejar, sobre todo al montar a caballo, a los de las amazonas. La obsesión por las cabelleras llevó a María Luisa Bombal a escribir un relato llamado “Trenzas”, donde fija algunas mujeres históricas y literarias para quienes las cabelleras son un hecho emblemático en las relaciones amorosas: Isolda, Melisanda, María, la octava esposa de Barba Azul, o ya contempo-ráneamente, la hermana menor del cuento que al perder las trenzas de fuego pierde toda la fuerza… A la autora chilena las cabelleras le parecieron siempre parte de la naturaleza: como enredaderas en los árboles y algas en las rocas.

El anhelo máximo para los personajes femeninos de María Luisa Bombal sería un jardín de altos árboles donde se diera el amor, pero algo las detiene: no acaban dando el último paso, ni rompen con la familia. O creen, como la prima de La última niebla, que lo han hecho y años después se dan cuenta que todo ha sido como el aire que se ve al paso de una bandada invisible. Entre Eros y Tánatos, en estas mujeres llenas de pasión y de furia, una lenta autodestrucción las va minando y eliminando: en La última niebla, son la esposa de Daniel y la concuña de esta (Regina); en La amortajada, son Ana María y su hermana Alicia, su hija Anita, su nuera María Griselda; en los cuentos Yolanda (“Las islas nuevas”), Brígida (“El árbol”) y la misma María Griselda en su historia y quien hubiera sido su concuña (Silvia). En ellas los sentimientos se suceden y unen de manera confusa, y sienten en períodos por sus parejas, o quienes pretenden serlas, amor y odio, desprecio y acatamiento, cólera e indolencia, insidia y candor… Salvo los momentos intensos del coito, la incomunicación entre hombre y mujer se da a menudo y aun de principio a fin.17

Como en un claro de bosque aislado las mujeres arden a solas. En La última niebla, pese a repentinos fulgores, ni Daniel quiere a su prima y esposa, ni la prima lo quiere a él, y aun la prima, ya se dijo, se inventa un amante casual al que dedica años de imaginación. Daniel quiere lo imposible: que la prima sea como esposa igual a la mujer de la que enviudó. “¿Por qué se casaron?”, pregunta Daniel a su prima, quien responde: “Por casarnos”.

Ana María (La amortajada) es en principio amada por su esposo Antonio, pero un día lo deja, y cuando al fin regresa a la casa marital el amor ya sólo es de ella: él ha dejado de quererla. No sólo eso: el esposo se ha hecho fama de Don Juan. Por su lado, Ana María atormenta por años a un pretendiente, un cincuentón viudo (Fernando), al que no deja de humillar pero quien siempre le perdona los desdenes, ante la mirada omisa del marido, quien sabe que no habrá mayores consecuencias. Un modo que tenía Fernando de ayudarla a vivir es sufrir por ella de manera constante. Ana María dice que ambos fueron dos seres “al margen del amor, al margen de la vida”, pero eso podría decirse para la mayoría de sus personajes.

Protagonistas que aparecían desdibujados o apenas mencionados de paso en La amortajada, como los hijos de Ana María (Alberto, Fred y Anita), aparecen desarrollados ocho años después en el cuento “La historia de María Griselda”, quizá la más tortuosa psicológicamente de sus historias breves. En el cuento, Ana María llega al fundo donde vive su hijo Alberto con su esposa María Griselda. La nuera es amada por todos, principiando por Alberto, pero ella parece estar en un lugar donde la belleza sólo hace daño. Ana María descubre que la inmensa y desoladora belleza de la joven destruye no sólo al esposo, sino a su otro hijo (Fred), a su inteligente hija (Anita), al insignificante y frívolo Rodolfo (de quien está enamorado Anita), e indirectamente causa el suicidio de la novia de Fred (Silvia). El marido, Alberto, odia a María Griselda “a fuerza de tanto quererla”, y se hunde anímicamente en el alcohol emborrachándose en la ciudad cercana; Fred y Rodolfo asedian a María Griselda, pero la esperanza los evade. La tragedia es el sino de la familia de Ana María, pero también de María Griselda. Hacia el final confiesa sin vanidad a su suegra el tormento a causa de la “culpa por tanta belleza que sufría desde niña”. Sus hermanas no la querían, y sus padres, para compensar a sus hermanas, se olvidaron de estimarla y apreciarla. ¿No dice Zoila, la ama de llaves de la casa: “voy creyendo que ser tan bonita es una desgracia como cualquier otra?”.

“Enojada con Dios”

De todas las ficciones su novela breve, La amortajada, es la más estudiada por la crítica y la más seguida por los lectores. En ella, si los puntos de vista varían sin un orden más o menos preciso; si algunas historias de personajes clave no acaban de desarrollarse (en especial la del primo Ricardo, el gran amor de juventud de Ana María, con quien se amó intensamente durante tres vacaciones veraniegas); si las cinco últimas líneas decepcionan por su elementalidad como desenlace, en fin, más allá de cualquier limitación o imperfección, la novela se nos impone, y más que en las otras narraciones, la tristeza cava y cala hondo en el corazón del lector. En La amortajada también es donde mejor se ve el pleito constante que la protagonista tuvo con Dios, según se advierte en los recuerdos del padre Carlos, cuando Ana María va a ser llevada a la cripta. Dos ejemplos: en su juventud a Ana María no le importaba ir al cielo porque le parecía “un lugar bastante aburrido” o no promete al sacerdote cumplir con la cuaresma porque estaba “enojada con Dios”. En vida María Luisa Bombal tuvo ese litigio. En sus años finales reconoció que su relación con Dios había sido difícil, pero ya estaba bien con él. “Dios siempre gana”, dijo, como quien deja caer la última piedra.

En su testimonio María Luisa Bombal declaró: “Yo creo que, en el fondo, soy poeta, mi caso es el del poeta que escribe en prosa, pero como tengo una educación francesa, soy la lógica personificada.” Por fortuna en su obra prevaleció con amplitud el hemisferio artístico, aunque ella insistiera que convivían íntimamente ambos.

María Luisa Bombal, muerto el marido, regresó a Chile en 1971 a vivir en la casa de la familia de Viña del Mar. Trató, dentro de sus menguadas fuerzas, de dar difusión a su obra: que la editaran, la leyeran, escribieran sobre ella, la tradujeran. Dio numerosas entrevistas. En una por la radio, grabada en 1972, es agradable oír su acento chilenísimo; más de media vida en el exterior no lo desgastó. En política fue visceralmente anticomunista y alabó sin reservas el régimen de Pinochet. Se necesita estómago para leer sus irreales argumentos.

Si uno sigue entre líneas sus últimas cartas, se siente a una mujer sola, a quien ahogaba por rachas la depresión, y quien mucho agradecía el dinero que le enviaban su hermana Blanca y su cuñado Alberto. No pueden leerse sin un nudo en la garganta, y al repasarlas, al pensar en su vida o al menos en parte de ella, me da por relacionarla con una frase de otra chilena, Teresa Wilms Montt (1893-1921), tan apasionadamente intensa y tan apegada al infortunio como ella misma: “Tristes somos aquellos que no hemos nacido de los dioses.” Uno de los últimos anhelos de María Luisa fue que le dieran el Premio Nacional (fue postulada cinco veces); nunca ocurrió. Apagada y pobremente murió en un hospital público el 6 de mayo de 1980. Me doy por imaginar que quizá recordó antes del deceso ese versículo de San Juan que le gustaba repetir: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”.

María Luisa Bombal es ahora una escritora de culto y uno de los mitos chilenos.18


14 de enero de 2017

Recuerdos de Juan Rulfo

Recuerdos de Rulfo
Edmundo Lizardi

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (Sayula, Jalisco, 16 de mayo de 1917 - Ciudad de México, 7 de enero de 1986).

Pudo haber sido Juan Pérez, pero resultó Juan Rulfo. Que por estas fechas cumple 31 años de haber regresado definitivamente a su “natal” Comala.

LA SECRETARIA IRAÍZ

Poco después de la muerte de Rulfo, acudí a la que había sido su oficina en el INI(San Angel, DF), a entrevistar a Iraíz Ramírez, quien había sido la secretaría del escritor en los últimos 20 años. Iraíz era una mujer en sus cuarenta, extremadamente delgada, pálida, que hablaba en susurros. Un personaje Rulfiano.

Me contó muchas anécdotas y me regaló un fajo de cuartillas con "calaveritas" y otros apuntes del puño y letra de "Don Juanito".

Al célebre jefe de Iraíz le incomodaba el asedio de una fauna variopinta interesada en su obra y en su personaje, y a veces se divertía a sus costillas. Como cuando al salir de su cubículo se topó con unos jóvenes que le preguntaron por el "maestro Rulfo", y don Juanito -adelantándose a Iraíz- les respondió que el "maestro Rulfo andaba en China".

China: uno de los temas que le fascinaban tanto como la nota roja al autor de Pedro Páramo, quien por cierto hacía fila para cobrar su cheque de funcionario de segundo plano en el INI, donde su jefe inmediato era en el tijuanense Virgilio Muñoz Pérez (¿su pariente?), quien años después sería mi director en Diario 29, y luego director del Cecut. Virgilio presumía de una corbata que le había regalado “don Juanito”

RULFO EN LA PAZ

A principios de los ochenta, Juan Rulfo estuvo en La Paz en varias ocasiones gracias a los buenos oficios del escritor sudcaliforniano, Fernando Escopinicchi, residente desde tiempos inmemoriales en la Ciudad de México, donde había entablado una cordial relación con Rulfo, asiduo cliente de la librería El Juglar al igual que Fernando.

Una de esas ocasiones fue con motivo de la entrega del Premio Internacional de Poesía Ciudad de La Paz 1980, otorgado al poeta sinaloense, Jaime Labastida, por un fraternal jurado: Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda y Oscar Oliva, los otros "espigos amotinados". Junto a los mencionados “ espigos”, completaban el elenco literario Marco Antonio Montes de Oca, Alí Chumacero, Alvaro Mutis, y Carlos Montemayor, entre otros.

En mi papel de flamante subdirector de la Dirección Cultural y de Extensión Universitaria de la recién fundada UABCS - una de las instituciones involucradas en el evento-, acompañaba a Rulfo en el vestíbulo del Cinema La Paz, esperando el inicio de la ceremonia de premiación que no podía darse sin la presencia del gobernador, Angel César Mendoza Arámburo, el Mecenas que había habilitado a Escopinichi como promotor cultural plenipotenciario, mucho antes de la fundación del Programa Cultural de las Fronteras y Conaculta.

Llegó Ángel César con su séquito de funcionarios bonachones (“Quiúbole amigo, ¿cómo está la familia?”) , y se dirigió a Rulfo.

Con buen olfato político y una decorosa formación cultural- bohemio, pianista él mismo-, y seguramente asesorado por el Escopas, el Ejecutivo no recurrió al clásico medio abrazo- tres cuartos, sin contacto corporal ni visual- del priismo de los tiempos felices del carro completo. Optó por un discreto apretón de manos, acariciadora palmadita en el hombro, y un breve pero sustancioso mensaje de bienvenida.

-Maestro Rulfo: es un orgullo para los sudcalifornianos tenerlo entre nosotros. Está usted en su casa. Bienvenido.

Luego procedió a presentarle al ilustre invitado a dos de sus “colaboradores”. Uno de ellos se lució:

-Qué le puedo decir yo, amigo Ruffo… Muy bonita obra,¿eh?... ¡ sobre todo esta última...! ¡El Páramo en Llamas! ¡Un novelón!

Angel César apenas pudo disimular un “¡trágame tierra!” mientras apuraba el desafane ante un don Juan impasible.

Cuando por fin se retiró la avanzada gubernamental, para romper nuestro bochorno e hilaridad contenida, “Ruffo” comentó:

-Qué jóvenes…

En su mirada creí ver bailotear una sonrisa. Una carcajada implosiva.

Ya en el "acto solemne", el maestro de ceremonias empezó desgranar los nombres de cada uno de los escritores invitados que se encontraban en la primera fila.

Nombró a todos, menos uno: Rulfo...

Chumacero se levantó de su butaca y alzó su voz, bien afinada por los tequilas de la víspera y la antevíspera, para desfacer el entuerto... Y dar paso a la entrega del jugoso cheque, diploma y Flor Natural al poeta laureado, con el fondo musical de la marcha Aída.

Al día siguiente, encontramos a Rulfo solo en una mesa de la Terraza del Perla, bogarteando uno de sus Delicados sin filtro, ante una taza de café, con la mirada clavada en la bahía de aguas tornasoladas. Al rato aparecieron sus compañeros escritores. Algunos habían amanecido con las luces encendidas y con mucha aviada.

Con su inseparable copa de coñac en mano, Montes de Oca le preguntó a don Juan si los acompañaría a Los Cabos, a donde estábamos a punto de salir.

-No-respondió Rulfo-, tengo muy malos recuerdos de San José.

-Pero... ¿Cuándo estuvo usted en San José, don Juanito?

Entonces el autor de "Luvina" contó una historia fulgurante protagonizada por un agente de ventas que algunas décadas atrás había sido sorprendido en San José por un chubasco devastador que lo retuvo en aquellos lares por varios meses. ¿El chubasco del 59 o puro temporal imaginario?

Poco después, compartiendo en el restaurante-bar del Gran Hotel Baja con los pintores Raúl Virgen y Bernardo Arellano y el poeta Víctor Bancalari, se nos apareció el fantasma de Juan Rulfo formado en la fila frente a la caja con su cuenta en la mano.

Bancalari fue quien se adelantó para ver si no estábamos alucinando. ¿Qué hacía Rulfo solo, haciendo fila para pagar su consumo, en un hotel de La Paz, y, hasta donde nosotros sabíamos, sin evento literario de por medio?

Había venido a pasar unos días de descanso, invitado por Fernando.

Pagamos su cuenta y lo encaminamos hasta el elevador. Por esos días, acababa de publicarse una polémica declaración del silencioso escritor jalisciense -"de chispa retardada"-, cuestionado sobre el panorama literario mexicano. -¿Es cierto que usted dijo eso de que el mejor poeta mexicano era Sabines?- preguntó Bancalari, más borgiano que paciano.

-Sí, Sabines... Pacheco...

-¿Y Octavio Paz?

-A ese no se le entiende nada... ¿Ustedes lo entienden? -respondió el novelista en receso; ahora sí, con una sonrisa de niño travieso a flor de piel, que nos hizo estallar en una carcajada mientras el amigo de Fernando Escopinicchi desaparecía en el rectángulo de luz blanquecina del elevador del Gran Baja.

3 de enero de 2017

Prohíben homenajes a Juan Rulfo

En este 2017 se celebra el centenario del gran Juan Rulfo, y aunque parezca increíble...

"La Fundación Juan Rulfo solicitó a la Presidencia de la República, a la Secretaría de Cultura y a otras instancias locales y federales que se abstengan de realizar homenajes públicos al autor.

En representación de la familia del escritor, Víctor Jiménez, director de la fundación envió una misiva en octubre del año pasado en la cual expone que la única forma de conmemoración posible es el otorgamiento de becas a jóvenes en las disciplinas de interés de Rulfo, como la literatura, fotografía y cine.

"Solicitamos, muy atentamente, que se abstengan de gastar cualquier suma, por pequeña que sea, en otro tipo de actividades, generalmente de naturaleza efímera y, como ya se dijo, de evidente sesgo político a favor no siempre del homenajeado sino de quienes se acercan a su nombre en estas ocasiones", se lee en el documento.

Víctor Jiménez explicó que la fundación no querría que se hicieran para Rulfo conmemoraciones similares a las que recibió Octavio Paz en su centenario, en el 2014.

"No queremos que el dinero siga justificando promoción de reflectores para un grupito de escritores de cuarta o quinta categoría que son expertos en hablar en homenajes y en figurar bajo el reflector como expertos en todo, que no lo son en nada", expuso.

A decir de Jiménez, la Secretaría de Cultura ya se había acercado a la Fundación Juan Rulfo para planear actividades de homenaje. En una carta posterior, la titular de la Dirección General de Publicaciones, Marina Núñez, dio por enterada a la SC de la petición.

"Tenga por seguro que no se violentarán los derechos patrimoniales de los herederos del célebre autor, y como suele ser costumbre, siempre se considerará antes de cualquier cosa, la opinión y deseo de los mismos", escribió Núñez".