4 de mayo de 2013

La ternura canibal, Enrique Serna

Les recomiendo mucho el último libro de cuentos de Enrique Serna, La ternura canibal. Publicado en Páginas de Espuma, es excelente. Pronto comento sobre él.

Hay muchas clases de poder, entre ellos el de la pareja: Entrevista en televisión.

27 de abril de 2013

La vuelta en U

La vuelta en U
Juan Villoro
Reforma, 26.04.13

En los años difíciles en que sobrevivía escribiendo guiones y bebía demasiadas tazas de café para cumplir su trabajo extra como novelista, García Márquez le prometió a sus hijos que un señor vestido de negro llamaría a la puerta para entregarle un maletín lleno de billetes.

La historia mitigaba la angustia económica de una familia que vivía en el México de los años sesenta, donde los negocios colocaban un letrero de inspiración kafkiana: “Hoy no fío, mañana sí”.

Poco después, el escritor colombiano conocería los malentendidos de la celebridad. Aunque nunca olvidó su origen como uno de los 11 hijos del telegrafista de Aracataca, en su calidad de autor famoso frecuentó a mandatarios no siempre presentables. Al verlo en actos de Estado costaba trabajo recordar al autor que deseaba que le cambiaran un filete por un cuento.

Los autores de culto circulan mal pero cuentan con adalides que los defienden. En cambio, los autores muy leídos están tan expuestos que no parece necesario estudiarlos más a fondo.

Juan José Saer, novelista de poética densidad, dio la espalda al éxito; no fue un militante del fracaso, pero descreía de la popularidad. En un apunte de sus Papeles de trabajo hace una lista de “falsos buenos escritores”, todos ellos muy leídos: Tabucchi, Saramago, Paul Auster, Nabokov, Graham Greene. En otro pasaje arremete contra el tropicalismo sin sol genuino de García Márquez. Saer entiende la aceptación como un debilitamiento estético, por más que esto a veces sea muy azaroso. Nabokov padeció la marginalidad del exiliado, pero a la postre Lolita le otorgó la improbable condición de best-seller.

Una tensión enfrenta al juicio popular con la mirada experta. Shakespeare y Cervantes contaron con públicos agradecidos, pero no eran los favoritos del parnaso local. Como ha dicho Andrés Trapiello, si el Premio Cervantes hubiera existido en tiempos del Quijote, se lo habrían dado a Lope de Vega. En su día, Shakespeare y Cervantes fueron más disfrutados que analizados y tardaron en ser vistos como clásicos.

Saer desconfiaba del escritor que no desconcierta a su época en la misma medida en que Vázquez Montalbán desconfiaba del escritor que no conecta con ella. En 2001 coincidimos como jurados del Premio Salambó. El autor de Galíndez defendía al excelente Javier Cercas, que ya había recibido dos premios por Soldados de Salamina. Argumenté que una distinción concedida por escritores debía celebrar un libro que no hubiera recibido tanta atención (Vila-Matas, Martínez de Pisón y yo defendíamos El viaje, de Sergio Pitol). No se trataba de decir quién era “mejor”, noción absurda en el arte, sino de encender una lámpara para que la gente se asomara a una ventana diferente. Vázquez Montalbán respondió: “Sois como un amigo mío; cuando se publicó Cien años de soledad le encantó; cuando supo que le gustaba a millones de lectores, se arrepintió de que le gustara. No ha habido una gran obra que no haya sido popular”. Esta defensa de la sociedad civil como tribunal estético nos llevó a una polémica que se prolongó por horas y que finalmente perdimos.

Los primeros libros de García Márquez fueron los de un autor reacio a la aceptación. A partir de Cien años de soledad, proliferaron las tiendas que querían llamarse Macondo.

Una escena divide esos momentos. García Márquez salió de vacaciones a Acapulco en compañía de su familia. De pronto, a media carretera, encontró el tono de su novela. Dio la vuelta en U más famosa de la historia literaria, decepcionando a los hijos que ya sentían el vaivén de las olas, y se hundió en la narrativa de Cien años de soledad.

García Márquez ha dicho que el tono que descubrió era el de su abuela. La vuelta en U significaba un regreso al origen, a la mujer con la que había crecido y que explicaba lo habitual con claves fabulosas (según ella, cada vez que llegaba el electricista la casa se llenaba de mariposas amarillas). Pero esa vuelta también fue un retorno al periodista que García Márquez había sido en sus tiempos costeños, cuando cubría la vida cotidiana como si fuera una leyenda. A los 21 años había escrito: “Nos dijeron que antes, cuando la madrugada era verdad, se escuchaba en el patio el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”.

El tono de la abuela ya determinaba las columnas escritas en Cartagena y Barranquilla a fines de los años cuarenta, donde lo cotidiano recibía explicación mítica: “Y ahí estaba la vaca, seria, filosófica, inmóvil, como la simbólica estatua de un ministro plenipotenciario”.

Más allá de la reputación de un autor, leer su obra exige dar una vuelta en U hacia su voz primaria, ajena a la repercusión posterior. En García Márquez esa voz es la del cronista que pone a prueba lo real para confirmar su existencia.

Cuentan que cuando finalmente tuvo dinero, contrató a un señor vestido de negro para que le entregara un maletín lleno de billetes. La fortuna no pertenecía a la realidad sino a una ficción, lo cual no significa que fuera falsa: lo incomprobable es una verdad lenta, que aguarda ser demostrada.

14 de abril de 2013

El profesor Nabokov

Sobresaliente
Edward Jay Epstein
Página/12, 7.4.13

Entré en Literatura 311 al comienzo de mi segundo año en Cornell, en septiembre de 1954. No es que me interesara la literatura europea, o cualquier literatura en general. Sólo estaba buscando algún curso los lunes, miércoles y viernes por la mañana para no tener que ir a clase los sábados, y “Literatura”, además, era requerimiento para graduarse. Oficialmente la materia se llamaba “Literatura europea del siglo XIX”, pero en el Cornell Daily Sun le decían “Literatura sucia” porque trataba el tema del adulterio en Ana Karenina y Madame Bovary.

El profesor era Vladimir Nabokov, un émigré de la Rusia zarista. Con su metro ochenta, su cabeza parcialmente calva, se paraba, con lo que a mi entender era un porte aristocrático, en el estrado del auditorio de doscientos cincuenta asientos de Goldwin Smith. Junto a él en el estrado estaba su esposa de cabello blanco, Vera, a quien él presentó como “mi ayudante de curso”. Desde la primera clase dejó en claro que no tenía ningún interés en fraternizar con los alumnos, que no eran llamados por el nombre sino por el número de asiento. El mío era el 121. Dijo que su única regla era que no podíamos abandonar la clase, ni siquiera para ir al baño, sin un justificante firmado.

Después enumeró los requisitos para leer los libros asignados. Dijo que no necesitábamos saber nada sobre su contexto histórico, y que bajo ninguna circunstancia nos identificáramos con los personajes, pues las novelas son producto de la pura invención. Los autores, siguió, tenían un único propósito: encantar al lector. De manera que lo único que necesitábamos para apreciar las obras, además de un diccionario de bolsillo y buena memoria, era nuestra propia columna. Nos aseguró que los autores que había seleccionado –León Tolstoi, Nikolai Gogol, Marcel Proust, James Joyce, Jane Austen, Franz Kafka, Gustave Flaubert y Robert Louis Stevenson– nos producirían un cosquilleo en la columna.

Así comenzó el curso. Desafortunadamente, distraído con los valles, lagos, cines, citas de pasillo y otros atractivos locales de Ithaca, no había llegado a abrir Ana Karenina cuando Nabokov nos tomó un examen sorpresa. La consigna era: “Describa la estación de tren en la que Ana y Vronsky se ven por primera vez”.

Al principio estaba bloqueado porque, como no había leído el libro, no sabía cómo Tolstoi había narrado la estación. Pero sí recordaba la estación de la película de 1948 protagonizada por Vivien Leigh. Tengo una memoria más bien fotográfica, por lo que pude visualizar a una Leigh de aspecto vulnerable, con su vestido negro, deambulando por la estación; así describí en gran detalle todo lo que se muestra en la película, desde el señor barbudo que vende té en un rechoncho samovar de cobre hasta las dos palomas blancas que anidan en lo alto. Después supe que muchos de los detalles de la película que había mencionado en el examen no aparecían en el libro. Evidentemente, el director, Julien Duvivier, había tenido ideas propias. Entonces, cuando Nabokov pidió al “asiento 121” que se presentara en su oficina después de clase, estaba convencido de que iba a aplazarme, o incluso echarme de “Literatura sucia”.

Lo que no había tenido en cuenta era la teoría de Nabokov de que los grandes novelistas crean imágenes en la mente de sus lectores que trascienden lo escrito en los libros. Como sea, ya que parecía ser el único que, al describir lo que no aparecía en el libro, aplicaba su teoría en el examen, y como aparentemente él no conocía la película de Duvivier, no sólo me dio un puntaje equivalente a un Sobresaliente sino que me ofreció ser su “auxiliar de ayudante de curso”. Me pagarían diez dólares a la semana. Curiosamente, el trabajo también involucraba películas. Todos los miércoles renovaban la cartelera de los cuatro cines del centro de Ithaca, que Nabokov llamaba “el cerca cerca”, “el cerca lejos”, “el lejos cerca” y “el lejos lejos”. Mi tarea, que consumía la mayor parte de la paga semanal, consistía en ver los cuatro estrenos los miércoles y jueves, y después comentárselos a Nabokov los viernes por la mañana. Él decía que como sólo tenía tiempo para una película por semana, mis informes lo ayudarían a elegir cuál, si es que decidía ver alguna. Para mí era un trabajo perfecto: me pagaban por ver películas.

Todo fue bien durante los meses posteriores. Me había puesto al día con las lecturas y disfrutaba mucho las charlas con Nabokov los viernes por la mañana en la oficina del segundo piso de Goldwin Smith. Aunque rara vez duraban más de cinco minutos, me convertían en la envidia de otros alumnos de “Literatura sucia”. Vera solía estar sentada en el escritorio enfrente de él, y me hacía sentir que interrumpía sus prolongadas reuniones de estudio. Mi ruina llegó justo después de la clase sobre Almas muertas, de Gogol.

El día anterior había visto La Reina de picas, una película británica de 1949 basada en el cuento de Alexander Pushkin de 1833. Trataba sobre un oficial ruso que, en su desesperación por ganar un partido de cartas, asesinaba a una anciana condesa rusa mientras intentaba aprender su método secreto para escoger las cartas en el Faro. No parecía interesado en que le relatara el argumento, que debía conocer muy bien, pero cuando concluí que me recordaba a Almas muertas, levantó la cabeza. Vera también se volvió y me clavó los ojos. Mirándome con atención, Nabokov me preguntó: “¿Por qué piensa eso?”.

Inmediatamente supuse que mi comentario empalmaba con alguna idea que tenía o estaba desarrollando respecto de estos dos escritores rusos. En ese momento tendría que haber abandonado la oficina, excusándome con que necesitaba pensarlo mejor. En lugar de eso respondí penosamente: “Los dos son rusos”.

Bajó la cabeza, y Vera giró la suya para mirarlo. Seguí trabajando para él algunas semanas más, pero ya no fue lo mismo.

27 de marzo de 2013

Homenaje a Juan García Ponce

Homenaje a Juan García Ponce: La noche e Imagen Primera, cincuenta años después
Isaac Magaña Gcantón
Registromx. Literatura. Arte.Pensamiento
27 de marzo, 2013

Juan García Ponce le preguntó en alguna ocasión a Huberto Batis “si las «letras mexicanas» llegarían a enterarse de su existencia, si al menos sería mencionado en la historia de la literatura mexicana”; éste confiesa: “yo lo vi verde y lejano”. Por fortuna, la incertidumbre se marchó hace mucho tiempo. La buena crítica, justiciera, lo colocó desde los años sesenta en un lugar privilegiado que —sospecho— abandonará jamás. Ya desde entonces se decía que JGP era el “director espiritual de su generación”, aquella tan importante que incluye nombres como el de José de la Colina, Juan Vicente Melo, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Sergio Fernández y José Emilio Pacheco, quienes se agruparon en torno a la Casa del Lago cuando Jaime García Terrés era el coordinador de Difusión Cultural. Pero más allá de la institución que los cobijaba, el verdadero vínculo era una filosofía compartida: la apropiación de la cultura universal.[2] Bajo este principio, Juan García Ponce escribió y publicó los dos libros que marcarían oficialmente la eclosión: La noche e Imagen Primera. Y aunque anteriormente la Imprenta Universitaria, en 1958, había editado El canto de los grillos —que dos años antes, en mi 1956, obtuvo el Premio de Teatro Ciudad de México—, la realidad es que la aparición del escritor maduro aguardó unos años más, hasta el definitivo año de 1963.

Estos dos primeros libros son de cuentos y acentúan una importante ruptura con la literatura que se venía haciendo en México en esos años. Con inteligencia, Rosario Castellanos señala que muy poco tiempo antes de La noche e Imagen primera “no era posible leer una página de prosa narrativa sin preguntarse inmediatamente quién de los dos antagonistas era el modelo del autor: Juan Rulfo o Juan José Arreola”. Juan García Ponce llegó con una nueva propuesta donde los personajes ya no “deliraban de hambre y de sufrimiento”, tampoco eran figuras campesinas cuidadosamente pulidas. No. Ni realismo mágico, ni fantasía pura. Basta: una nueva voz había nacido. Corriente alterna: la vía de la contemplación.

En su mayoría, los cuentos de esta primera época habían visto ya la luz aisladamente, entre 1958 y 1963 en diversas revistas y suplementos. Por ejemplo, en el número 6 de la Revista de la Universidad (en 1958, cuando Juan era aún becario del Centro Mexicano de Escritores) publicó el segundo de los cuentos incluidos en Imagen Primera, “El café”; a éste le siguieron “Feria al anochecer”, “Cariátides” e “Imagen Primera” en números posteriores. Cuadernos al Viento se encargó de uno de los cuentos capitales de La noche y, en general, de la bibliografía garciaponciana: “Tajimara”. La Revista Mexicana de Literatura y el Anuario del cuento mexicano dieron noticias de lo que vendría después con “Amelia” y “Reunión de familia”.

Bajo la evidente influencia de Cesare Pavese —influencia que tan presencia se vuelve homenaje—, García Ponce escribió los nueve cuentos que conforman estos dos primeros libros y sus dos primeras novelas: Figura de paja y La casa en la playa. Esta última marcaría el fin de la que yo llamo su “primera época”.(3) En esas narraciones explora el vasto universo de la nostalgia. Sólo a través de nombrar las cosas podemos hacerlas verdaderamente nuestras, Juan García Ponce lo sabía muy bien; es por eso que escribía, buscaba recuperar lo que ya no le pertenecía más, lo que había perdido en el pasado. Pasado poblado regularmente por amores nunca realizados; en algunos casos, ni siquiera intentados como en “El café”, “Cariátides”, “Reunión de familia” y —de alguna manera— “Después de la cita”. Lo verdaderamente importante es huidizo a sus personajes.

Los personajes de Juan García Ponce están encerrados en su imposibilidad: no consiguen acceder a la realidad que les fascina. Atrapados en un presente estático no pueden avanzar porque el pasado los aprisiona, un pasado más allá de la nostalgia: recuerdo que los trama y mantiene fuera de la verdad que pretenden. La contemplación se vuelve entonces el eje de sus relatos. Tienen que resolverse a través del camino del recuerdo; aunque la mayoría de las ocasiones siempre fracaso. Los pocos que pueden “vivir” están obstaculizados, los rige la impotencia, y solamente miran: ven pasar el presente porque estos personajes —al igual que el autor— se sienten más cómodos en la inacción, evasivos del tiempo se prefieren expectantes. Esta característica no es gratuita, sino el reflejo de la mayor pasión de García Ponce: la pintura.

Juan García Ponce sabe ver. Quien ha leído sus ensayos de crítica de arte advierte inmediatamente que su visión es poderosa, inteligente y llena de generosidad. JGP interpreta lo que mira: quiebra, vira, cala, regresa, hace aparecer. Cuando el escritor ha vuelto de su viaje trae consigo esencia, la Verdad: sus visiones; no por nada Octavio Paz escribió con desprendido elogio sobre el emeritense que “su pensamiento crítico, sus descubrimientos y sus entusiasmos, sus negaciones y sus afirmaciones han ejercido una influencia vivificante en la literatura y el arte de México”. Juan García Ponce es un escritor de la mirada, por eso la contemplación hace constante presencia en sus narraciones. Entrega las imágenes, esas revelaciones que traen consigo la interpretación; pero alto: JGP nunca se traiciona. La pintura es la quietud donde está contenida toda la posibilidad, pero jamás enunciada. Su narración, corriente impetuosa, “parece aquietarse; sin cesar de correr, murmura en voz más baja y lenta. El remolino, por un instante, se inmoviliza y entonces, límpida, la prosa calla: confidencia sin palabras”. Después de todo no debemos navegar muy lejos. En un fragmento de “Tajimara” él nos lo confiesa: “no se debe revelar la verdadera esencia de los hechos”. Debemos acudir siempre a la imaginación para alcanzar el significado de lo narrado: Juan García Ponce es un escritor de la imagen y el pensamiento: domina el silencio, porque entiende que para decir hay que saber callar. Su Autobiografía precoz, escrita en 1966, sostiene —una vez más— lo afirmado ya tantas veces en sus narraciones:

“Creo que al no ser dueño del sentido total de las acciones que recrea, el escritor sólo puede dejarlas abiertas. Uno simplemente sigue contando historias, ya sea sobre sí mismo, sobre obras ajenas y otros artistas o sobre los acontecimientos y relaciones que considera significativos, esperando que mediante el hecho de contarlas nos entreguen finalmente su sentido. Este conocimiento es el que hace que para mí la ambigüedad sea un elemento narrativo indispensable. He tratado de mantener y hacer posible esa ambigüedad”.



Además de la contemplación, el otro motivo que puebla los cuentos contenidos en estas dos colecciones de 1963 es la nostalgia. Ya me he referido a ella en repetidas ocasiones, pero sin pasar por lo anecdótico: esencial en la obra de García Ponce. No podemos comprender verdaderamente su escritura sin tan siquiera tentalear aquello que, extensiones, la enrama. Su obra es una prolongación de sus recuerdos y obsesiones. Entonces, una doble causa la encierra.

Para referirme a sus recuerdos, los orígenes, la primera de las bifurcaciones, me tomaré la licencia de irme muy al principio, mezclando sus recuerdos con sus obras. Juan García Ponce nació en Yucatán en 1932; alternando entre la casa de sus padres en Campeche y la de su abuela en Mérida, vivió en la provincia hasta los doce años.

La casa de su abuela estaba prácticamente frente al parque de Itzimná, allá donde la iglesia. En “Feria al anochecer”, uno de los relatos de Imagen primera, asistimos a la revelación de uno de sus recuerdos más antiguos y mejor elaborados. Retrato de un sitio que pareció no tocar el tiempo hasta hace no muchos años: el framboyán sigue ahí, aunque la feria, hace algunas estaciones, se fue para siempre (como yo mismo lo he corroborado). A través de esta pequeña iluminación podemos afirmar que su vida es inalienable de su obra. Juan García Ponce es un escritor de la experiencia: quiere contarnos la verdad de los hechos, al menos como el entiende que los vivió, aunque en muchas ocasiones lo que pinta, pasado por el tamiz de su genio artístico, es ya una genialidad que sobrepasa la realidad de lo sucedido; sin embargo, él abandona nunca su premisa. Convocando nuevamente las memorias de Huberto Batis, podemos hacer luz sobre ella: “hay escritores como Juan García Ponce que asumen la literatura como una serie de homenajes a la realidad. Alguna vez Juan me ha llamado por teléfono para preguntarme de qué color era tal cosa, en qué día sucedió tal incidente, si era martes o jueves… Para él es muy importante decir: ‘Y aquel martes…’ si escribe ‘miércoles’ siente que lo que está diciendo es falso. […] Yo le he pregunto: ‘¿Qué objeto tiene eso?’ Y dice: ‘Es el único sentido’.

Después de trasladarse a la Ciudad de México, Juan inició una época de internados, primero en San Luis Potosí y luego en el Internado México. Allá conoció a una muchacha que “comenzó a llenar sus días”. Nos cuenta el autor en su Autobiografía precoz que fue “Una situación que duró alrededor de tres o cuatro años […] Yo he tratado de recuperar el recuerdo de ese amor en ‘Tajimara’, llevándolo a un presente imaginario y convirtiendo su presencia en la nostalgia de una pureza original”. Pero en este cuento largo —que junto a “Alma pura” de Carlos Fuentes fue llevado al cine en 1965 por Juan José Gurrola en una película titulada Los bienamados— lo que se cuenta está tocado por la imaginación. La verdadera historia no es la reminiscencia de la aventura amorosa, sino un acto velado: el incesto. Amalgama de sucesos: “Jamás podemos olvidarnos de nosotros mismos y nuestros problemas envuelven a los demás y los deforman”.

Y así podríamos continuar removiendo su pasado, poniendo en relación lo escrito con lo vivido: la evocación sería interminable. Incluso tendríamos que tocar muchas de sus obras posteriores —Encuentros, Crónica de la Intervención y Pasado Presente entre las más importantes—, pero el objetivo de este ensayo está acotado al de las dos colecciones de 1963: La noche e Imagen primera.

Segunda bifurcación: las obsesiones que ocupan a Juan García Ponce son pocas, pero verdaderamente intensas. “Una obra, si lo es de veras, no es sino la terca reiteración de dos o tres obsesiones. Cada cambio es un intento por decir aquello que no pudimos decir antes; un puente secreto une los torpes y ardientes balbuceos de la adolescencia a los titubeos de la vejez”; con esta afirmación que sirve como obertura a la obra poética completa de Octavio Paz —editada por Círculo de Lectores en Barcelona y en fechas recientes reeditada por el Fondo de Cultura Económica— podemos entender el sentido de las preocupaciones que poblaban la mente de JGP y de igual manera hilvanar el secreto hilo que une las dos fingidas fugas, el pasado y las obsesiones, porque en realidad la primera de ellas se circunscribe a las segundas o, es más bien, una extensión de ellas: una veta más de aquello que, enraizado, se alejó nunca del autor.

Podemos hacer una perfecta conexión entre las palabras de Octavio Paz y las confesiones de García Ponce: “Mis temas son pocos y quizá muy limitados”. En sus obras se ha dedicado a reflexionar acerca de un número reducido de temas, pero con una gran profundad e intensidad. La otredad, la extrañeza, la revelación, la posesión, el rito, la imposibilidad y el absoluto son quizá el puñado de temas que se extiende a lo largo de las infinitas páginas que escribió a lo largo de su vida, pero que empezaban a hacer presencia en Imagen primera y La noche.

Juan García Ponce nos enseña por el camino del ejemplo que aquello que obsesiona es lo que verdaderamente importa. La noche e Imagen primera nos dan cuenta de ello: sensaciones de lo inconcluso que, desenlaces, se enlazan con errancias infinitas: las obsesiones. Nos entrega desde esa etapa más o menos temprana la tesis que conduciría su obra a la transgresión que, a través de la insistencia, movimiento y obra, lo insertó para siempre en la tradición; pero sacrificios. En su investigar la relación del arte con la existencia misma, se dedicó más a escribir que a vivir: “El escritor no existe, existen sus libros”. Sentencia: “vivir y escribir son la misma cosa. Mi vida ha ido haciendo mis libros; mis libros han ido haciendo mi vida”. Por encima de todas las cosas, Juan García Ponce es en sus creaciones.



1. La noche fue publicada por editorial ERA e Imagen Primera por la Universidad Veracruzana. Ambos libros en 1963.
2. Continuando con la labor inaugurada por los “Contemporáneos”, la generación de “Medio Siglo” heredó directamente esta tarea que se oponía por completo al movimiento reinante desde los años veinte: el nacionalismo promovido con mucho entusiasmo por José Vasconcelos.
3. La segunda época, que inicia con su novela de 1968, La presencia lejana, y que oficialmente termina nunca, está marcada por un nombre: Robert Musil. Esta etapa sería sólo trastocada por una coexistente tercera época, la de Pierre Klossowski, que inicia con el libro de ensayos Teología y Pornografía y que alcanza su momento más alto con la novela De ánima, que es un homenaje-espejo a La Révocation de l’Edit de Nantes del autor francés.